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De Quimeras y Ensoñaciones

Gisela II

Siempre que en la empresa había que establecer contacto con algún país de Centroamérica, allí estaba yo intentando ocupar el lugar. Pero no fue antes de cinco meses cuando lo conseguí, un nuevo viaje de negocios a Méjico.
La ciudad no había cambiado nada. Un monstruo de edificios, tráfico y reuniones estresantes de trabajo.
Pero cuando podía, me escapaba, me alejaba fuera de la ciudad y visitaba el parque donde les conocí con la esperanza de otro encuentro casual, que no se produjo hasta justo el día antes de tener que regresar a España.

Seguía eternamente acompañada de su cómplice de paseos, de su padre, y lucía más linda aún que la primera vez que la vi, con sus ojos oscuros y pelo rubio.

Estreché cordialmente la mano de Herbert y le di un beso cariñoso en la mejilla a Gisela, ella me ofreció su brazo y yo lo tomé, me era agradable ayudarles, compartir con ellos dos un corto paseo. Hacía algo de frío esa tarde.
Hablamos de las nuevas poesías que ella había escrito y de su gran interés en que yo las leyese. Pero yo debía regresar al día siguiente a España, sería imposible, pero para aquel hombre no existía esa palabra y Herbert me invitó a cenar esa noche en su casa y así poder leer el trabajo de Gisela, no rechazaría por nada su invitación.

Poniendo una torpe excusa regresé a mi Hotel, recogí el regalo que había traído desde España para Gisela, pues nunca perdí la esperanza de volver a verla, me aseé y adecenté un poco, compré unas botellas de vino, unas flores, una caja de bombones y un par de detallitos más sin importancia, y de tal guisa me presente en su casa.

Era una casa de esquina, junto al parque donde solían pasear, amplia y con un jardín muy bien cuidado.

La madre de Gisela, al entregarle las flores, se mostró algo reacia y suspicaz, en tensión, pero muy amable y educada. Herbert me acompañó a la habitación de su hija, tenía allí una biblioteca entera, montones de libros, y había un una caja sin desembalar aún.

- Es de un computador – Me respondió Herbert al notar mi curiosidad – es un regalo para Gisela, con él podrá escribir y corregir mejor sus escritos. No he podido instalarlo, pues no entiendo nada de estas tecnologías, cuando tenga tiempo avisaré a alguien.
- No es necesario – respondí – yo si entiendo de esto, si me ayuda, en unos minutos lo tenemos montado.

Fue la primera y única vez que vi a Herbert ruborizarse, las venas del cuello se le habían inflamado y me gritó en un tono que pretendía mostrar un enfado inexistente.

- Usted es nuestro invitado hoy, no voy a permitir que …
- No es ninguna molestia, todo lo contrario, será una forma de pagarles su invitación.
- ¡ De ningún modo ¡ ¡ Usted ha venido a cenar ¡ , no ha venido como técnico instalador.

Pero yo ya me había puesto manos a la obra, descerrajando la caja de cartón y escuché la voz de Gisela diciendo …

- ¡Por favor, papa ¡ Déjale, por favor.

Instalamos el ordenador antes de cenar, computador, como le llaman allá en Méjico, pero no dio tiempo a enseñarle a Gisela un mínimo de su funcionamiento, pues la cena ya estaba lista.

Todo transcurrió muy agradable y cordial. El tiempo pasó volando. A Gisela se la veía divertida y feliz y Herbert cuando la miraba en ese estado se contagiaba del mismo, todos nos contagiábamos de la alegría de Gisela.

Al terminar la cena, me levanté de la mesa, me acerque a la silla de ella y en cuclillas, le di mi regalo, era un libro con todas las canciones de Joan Manuel Serrat y varias cintas de música conteniendo variados temas del cantautor.
Gisela se abrazó a mi cuello torpemente, y casi haciéndome caer, ocultándome sus lágrimas, y yo me sentí avergonzado, azorado, ante aquella expresividad delante de sus padres.

No recuerdo muy bien lo que pasó después, tan solo oíamos las canciones de Serrat en su habitación mientras yo a su lado, le enseñaba el manejo del computador.
Nos habían vuelto a dejar solos.
No sé cuanto tiempo transcurrió, pero ella pudo transcribir muy lenta y de forma torpe uno de sus poemas al computador.

La madre de Gisela nos interrumpió.
-Es muy tarde ya hija – dijo –

Yo miré el reloj, se me habían hecho las horas segundos, me disculpe como pude, la disculpé a ella, a Gisela.

-La culpa es mía, -dije-, he estado entreteniendo a su hija y el tiempo ha volado, ahora tengo que irme. Les agradezco enormemente esta velada tan inolvidable. Prometo volver a visitarles la próxima vez que venga a Méjico, se lo prometo.

- Me gustaría que cuando volvieras –dijo Gisela con su voz entrecortada y pausada- siguieras enseñándome a manejar el computador.

Me despedí de los tres con pena y cuando después de abrazarme a Gisela , ella me alargó el libro de poemas del cual habíamos transcrito un verso al ordenador y me dijo:

- Léelo y regrésamelo cuando vuelvas.

Leí en el avión el libro, sus poemas, y me vi reflejando en alguno de ellos, creo que yo andaba desvariando, no, no era posible que ella me dedicase a mi ese verso, tan sólo habíamos coincidido un día, hacía cinco meses, antes del día de ayer, y yo ya me estaba imaginando cosas, me hubiese sentido muy halagado de ser cierto. Ese verso en particular se titulaba, ámame, amor, y su primera estrofa comenzaba así:

ÁMAME, AMOR, ÁMAME AUNQUE SOLO SEA ESTA NOCHE,
AUNQUE DESPUÉS LA MÁGIA SE TENGA QUE ROMPER,
CUANDO LA LUNA SE ESCONDA PARA EVITAR EL REPROCHE,
ÁMAME, AMOR, AUNQUE NO QUIERAS PROMETER A VOLVER.

En ese “aunque no quieras prometer volver” creí reconocerme, pues yo había usado esa expresión al despedirme … ¡Prometo volver!.

Y releí esos versos una y otra, una y otra vez, embrujado por su magia, hasta embriagarme de sus palabras, de aquella letra infantil y de trazos toscos y de vez en vez, su imagen aparecía entre las páginas y, con ella, para sacarme de mi estado de catarsis surgió una palabra maldita.. “parálisis cerebral”, entonces regresé de mi edén particular y exclamé en voz alta :
- ¡Tonterías… ! ¡Tengo demasiada imaginación!
Mi compañero de asiento de avión me miró y yo sonreí.

Mantuvimos correspondencia por carta. Unas cartas muy amistosas y cordiales, me hablaba de su capacidad autodidacta en el manejo del ordenador, en los progresos de los avances médicos en su enfermedad, en los cuentos que escribía y en su ilusión de participar en un concurso literario de poesía de su ciudad. Bromeábamos muy a menudo, dando doble sentido a nuestras palabras, mareándonos a risas escritas, a un “jajajajajajajaja” por cualquier nadería, cualquier bobada.

Llegó el verano a España, y con él las vacaciones, no lo pensé, me iría a Méjico, a sus playas, visitaría de nuevo a Herbert y a Gisela y esta vez me acompañaría mi mejor amigo, Ramón. Le había hablado de ella y él también estaba muy interesado en conocerla. No sé, si no fuera por lo bien que conozco a Ramón y la enorme amistad que nos une … , ¿Por qué diablos iba yo a ponerme celoso? .

Pues si, realmente me puse muy celoso, -y no sabía realmente bien el porqué -, cuando observé la expresión de Gisela al presentárselo. Fue la tarde siguiente al llegar a Méjico, después de deshacer las maletas e instalarnos en el hotel, me puse celoso ya que debido al carácter guasón y siempre bromista bienintencionado de Ramón acaparaba todas las conversaciones, siempre había sido una especie de grandilocuente charlatán de feria que conquistaba a las chicas por su labia, ya que no por su físico, y estaba allí siempre platicando, bla, bla, bla, ya bien dirigiéndose al padre, a la hija, ó a la madre, mientras ellas nos animaban a tomar unas pastas y nos servían café. Gisela reía sus gracias y yo la acompañaba.

Ella habló de una ventanita al mundo que había empezado a usar hacía no más de una semana, una conexión a Internet, con la que estaba ilusionada. Ni corto ni perezoso, me volví a ofrecer voluntario para ayudarla a usarlo y entenderlo, aunque sabía que ella era una mujer autodidacta, que era capaz y siempre lo había sido, de aprender por si misma, lo que otros no podían enseñarle debido a la dificultad que entrañaba la enseñanza a una persona con su enfermedad. Fue la única vez que me alegré de que alguien no tuviese conocimientos de informática, ni acaso le interesasen mucho, me refiero a Ramón.

Esa semana, mientras Ramón y Herbert compartían veladas en el salón ó en algún bar, Gisela y yo compartíamos conocimientos en navegación por la red. Llegamos a crear una página personal en internet, donde subimos varios de sus escritos.

La primera noche que salimos los tres juntos, Gisela estaba muy guapa y elegante. Ramón la piropeó hasta quedarse ronco. Ella, ya conociendo su carácter socarrón y dicharachero, sonreía, pero no se inmutó. Se agarró de los brazos de los dos y nos fuimos de “juerga”.

Fue una noche de ensueño, a pesar de las miradas de la gente hacia ella, a Gisela no le preocupaba, nosotros ya estábamos acostumbrados a la descoordinación de sus músculos, a sus movimientos inestables y siempre estábamos a su lado para ayudarla. Presenciamos un espectáculo musical para turistas, al fin y al cabo eso era lo que éramos nosotros dos, de mariachis y rancheras, y una cena copiosa y abundante. Ramón, haciendo el payaso, salió al medio de la pista, cogió una guitarra, un sombrero Mexicano y se puso a cantar “la cucaracha”.
Gisela no paraba de reir. Cuando él volvió a la mesa le dijo:

- ¡Eres tan bobo que …¡ ¡ Qué me has hecho llorar de alegría y de vergüenza ajena ¡ .

Más tarde la música de baile, relajada, un vals, para parejas, “un agarrado”. Y allá estaba otra vez Ramón, él fue el instigador, y “metiche” culpable e incitador para que Gisela y yo estuviésemos en la pista, agarrados, moviéndonos despacio, muy despacio. Ella bailaba subida sobre mis zapatos, apenas pesaba como una pluma, yo la sostenía por la cintura y miraba sus ojos oscuros que brillaban como dos estrellas. Siempre atento a sus movimientos, para que no se quebrara cual muñequita de cristal. Quise detener el tiempo en ese instante para siempre.

- Lo haces muy requetebien – chilló Ramón cuando regresamos a la mesa - ¿Querrás danzar ahora conmigo?
- No puedo, lo siento – contestó – estoy muy cansada, realmente cansada.

Poco después la regresamos a casa y nosotros al hotel.

Fue la primera noche, luego hubo otras tan perfectas como esa, en distintos locales y garitos de la ciudad.

Entretanto, durante el día, Gisela y yo pasábamos horas juntos en su habitación, mientras hurgábamos por diferentes sitios de la red, y ella se iba familiarizando con los protocolos cibernéticos.

Al comienzo de la segunda semana de estancia en Méjico, surgió una propuesta, no recuerdo bien de quien partió la idea, era la de organizar un viaje a la playa, y Herbert siempre tan solícito, nos cedió una casa que apenas visitaba. Tan solo aceptamos, con la condición de que Gisela actuara de anfitriona. Hubo sus más y sus menos, la madre de Gisela se opuso radicalmente a tan absurda idea, Herbert se mostraba a favor de que su hija pasara una semana con nosotros en su casa de la playa. Se creó tensión, una tensión en aquel matrimonio que ya venía naufragando desde hacía tiempos atrás, pero que aquella gotita añadida parecía ir a rebosar el vaso.

Nosotros planeábamos aquel viaje a la costa sin enterarnos realmente de lo que sucedía entre ellos, nos enteramos semanas después, por boca de la propia Gisela, sus padres estaban en trámites de separación. Divergencias de criterios, pero continuando su relación en el plano de la amistad y sobre todo cariño hacia su hija, porque a pesar del carácter protector de su madre y del dejar y dar alas de libertad de su padre, ambos la idolatraban y querían por igual y a su modo.

Para Gisela sería una estupenda terapia el tomar contacto con el agua, el poder moverse en el líquido elemento, y ese fue el factor que decidió que, acompañados por Herbert, esa fue la condición que equilibró la balanza, la compañía de su padre, pudiésemos pasar los cuatro, una agradable semana en la casa de la playa.

Cuando ella intentaba moverse en el agua, siempre estábamos dos personas a su lado, y parecía manejarse a sus antojos, siempre con flotadores, intentando coordinar las piernas y brazos con soltura deshilvanada.
Tomábamos el sol, recostados sobre la arena, jugábamos a los naipes, Ramón y yo nos peleábamos de broma por intentar estar al lado de ella, luego mirábamos el atardecer, y al anochecer encendíamos hogueras en la arena y contábamos historias, las de Ramón eran chistosas, las de Giselas tristes y románticas, las de Herbert sesudas y las mías … . bueno, las mías eran las mías.

Pero nuestras vacaciones tocaban a su fin y teníamos que regresar a España.

Nos fuimos dejando en el recuerdo las playas de fina arena de Méjico, a Cancum, a los mariachis, al clima tropical, a Herbert y sobre todo, sobre todo a Gisela.

1 comentario

perseida -

ayyysssss, me temo que se acerca el final....